Fue domingo en las claras orejas de mi burro

Fue domingo en las claras orejas de mi burro,
de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)
Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,
experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,
de una sola burrada, clavada en pleno pecho,
de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.

Tal de mi tierra veo los cerros retrasados,
ricos en burros, hijos de burros, padres hoy de vista,
que tornan ya pintados de creencias,
cerros horizontales de mis penas.

En su estatua, de espada,
Voltaire cruza su capa y mira el zócalo,
pero el sol me penetra y espanta de mis dientes incisivos
un número crecido de cuerpos inorgánicos.

Y entonces sueño en una piedra
verduzca, diecisiete,
peñasco numeral que he olvidado,
sonido de años en el rumor de aguja de mi brazo,
lluvia y sol en Europa, y ¡cómo toso! ¡cómo vivo!
¡cómo me duele el pelo al columbrar los siglos semanales!
Y cómo, por recodo, mi ciclo microbiano,
quiero decir mi trémulo, patriótico peinado.

César Vallejo

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Me viene, hay días, una gana ubérrima

Me viene, hay días, una gana ubérrima, política,
de querer, de besar al cariño en sus dos rostros,
y me viene de lejos un querer
demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza,
al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito,
a la que llora por el que lloraba,
al rey del vino, al esclavo del agua,
al que ocultóse en su ira,
al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma.

Y quiero, por lo tanto, acomodarle
al que me habla, su trenza; sus cabellos, al soldado;
su luz, al grande; su grandeza, al chico.
Quiero planchar directamente
un pañuelo al que no puede llorar
y, cuando estoy triste o me duele la dicha,
remendar a los niños y a los genios.

Quiero ayudar al bueno a ser su poquillo de malo
y me urge estar sentado
a la diestra del zurdo, y responder al mudo,
tratando de serle útil en
lo que puedo, y también quiero muchísimo
lavarle al cojo el pie,
y ayudarle a dormir al tuerto próximo.

¡Ah querer, éste, el mío, éste, el mundial,
interhumano y parroquial, proyecto!
Me viene a pelo
desde el cimiento, desde la ingle pública,
y, viniendo de lejos, da ganas de besarle
la bufanda al cantor,
y al que sufre, besarle en su sartén,
al sordo, en su rumor craneano, impávido;
al que me da lo que olvidé en mi seno,
en su Dante, en su Chaplin, en sus hombros.

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudar a matar al matador – cosa terrible –
y quisiera yo ser bueno conmigo
en todo.

Me viene, hay días, una gana ubérrima. César Vallejo. In: Poemas Humanos. p. 325.

 

Bajo una pequeña estrella

Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce
después para que parezcan ligeras.

 

Wislawa Szymborska In: “Hasta aquí”, Madrid, 2014.

Amor Feliz – Wislawa Szymborska

Amor feliz. ¿Es normal,
es serio, es positivo?
¿De qué le sirven al mundo dos seres
que no ven el mundo?

Enaltecidos mutuamente sin merecerlo,
dos cualesquiera entre un millón, mas convencidos
de que les sucedería. ¿En recompensa de qué? De nada.
La luz cae de ninguna parte.
¿Por qué da en ellos y no en otros?
¿Ofende a la justicia? Sí.
¿Infringe las normas establecidas con esmero,
despeña la moraleja desde la cumbre? Infringe y despeña.

Mirad a los felices:
¡Si al menos se escondieran un poco,
si fingieran agobio para reconfortar a los amigos!
Escuchad cómo ríen: es una afrenta.
En qué lengua hablan, al parecer comprensible.
Y esos ceremoniales, esos miramientos,
esas primorosas y mutuas atenciones,
¡diríase un complot a espaldas de la humanidad!

¿Qué ocurriría
si su ejemplo se imitara?
A qué recurrirían la religión y la poesía,
qué sería recordado y qué olvidado,
quién eligiría permanecer encerrado en el círculo.

Amor feliz. ¿Es necesario?
El tacto y el juicio obligan a silenciarlo
como si fuera un escándalo de las altas esferas de la Vida.

Los bebés espléndidos nacen
pero nunca lograrán poblar la tierra
ya que pocas veces sucede.

Que quienes no conocen el amor feliz
sigan afirmando que no existe un amor feliz en ningún sitio del mundo.

Con esa creencia les será más fácil vivir y también morir.

Autotomia – Wislawa Szymborska

Diante do perigo, a holotúria se divide em duas:
deixando uma sua metade ser devorada pelo mundo,
salvando-se com a outra metade.

Ela se bifurca subitamente em naufrágio e salvação,
em resgate e promessa, no que foi e no que será.

No centro do seu corpo irrompe um precipício
de duas bordas que se tornam estranhas uma à outra.

Sobre uma das bordas, a morte, sobre outra, a vida.
Aqui o desespero, ali a coragem.

Se há balança, nenhum prato pesa mais que o outro.
Se há justiça, ei-la aqui.

Morrer apenas o estritamente necessário, sem ultrapassar a medida.
Renascer o tanto preciso a partir do resto que se preservou.

Nós também sabemos nos dividir, é verdade.
Mas apenas em corpo e sussurros partidos.
Em corpo e poesia.

Aqui a garganta, do outro lado, o riso,
leve, logo abafado.

Aqui o coração pesado, ali o Não Morrer Demais,
três pequenas palavras que são as três plumas de um voo.

O abismo não nos divide.
O abismo nos cerca.

 

In: Um amor feliz. São Paulo : Companhia das Letras, 2016. p.142.

Na noite terrível – Álvaro de Campos

Na noite terrível, substância natural de todas as noites,

Na noite de insônia, substância natural de todas as minhas noites,

Relembro, velando em modorra incômoda,

Relembro o que fiz e o que podia ter feito na vida.

Relembro, e uma angústia

Espalha-se por mim todo como um frio do corpo ou um medo.

O irreparável do meu passado — esse é que é o cadáver!

Todos os outros cadáveres pode ser que sejam ilusão.

Todos os mortos pode ser que sejam vivos noutra parte.

Todos os meus próprios momentos passados pode ser que existam algures,

Na ilusão do espaço e do tempo,

Na falsidade do decorrer.

Mas o que eu não fui, o que eu não fiz, o que nem sequer sonhei;

O que só agora vejo que deveria ter feito,

O que só agora claramente vejo que deveria ter sido —

Isso é que é morto para além de todos os Deuses,

Isso — e foi afinal o melhor de mim — é que nem os Deuses fazem viver…

Se em certa altura

Tivesse voltado para a esquerda em vez de para a direita;

Se em certo momento

Tivesse dito sim em vez de não, ou não em vez de sim;

Se em certa conversa

Tivesse tido as frases que só agora, no meio-sono, elaboro —

Se tudo isso tivesse sido assim,

Seria outro hoje, e talvez o universo inteiro

Seria insensivelmente levado a ser outro também.

Mas não virei para o lado irreparavelmente perdido,

Não virei nem pensei em virar, e só agora o percebo;

Mas não disse não ou não disse sim, e só agora vejo o que não disse;

Mas as frases que faltou dizer nesse momento surgem-me todas,

Claras, inevitáveis, naturais,

A conversa fechada concludentemente,

A matéria toda resolvida…

Mas só agora o que nunca foi, nem será para trás, me dói.

O que falhei deveras não tem esperança nenhuma

Em sistema metafísico nenhum.

Pode ser que para outro mundo eu possa levar o que sonhei.

Mas poderei eu levar para outro mundo o que me esqueci de sonhar?

Esses sim, os sonhos por haver, é que são o cadáver.

Enterro-o no meu coração para sempre, para todo o tempo, para todos os universos.

Nesta noite em que não durmo e o sossego me cerca

Como uma verdade de que não partilho,

E lá fora o luar, como a esperança que não tenho, é invisível p’ra mim.

 Poesias de Álvaro de Campos. Fernando Pessoa. Lisboa: Ática, 1993. p.34.

chama o gerente!

Nestes últimos dias me chamou a atenção tudo o que envolveu o encerramento prematuro da exposição QueerMuseu – Cartografias da Diferença na Arte Brasileira, no Santander Cultural em Porto Alegre. A exposição, que estava prevista para continuar até 8 de outubro, foi cancelada após ataques de pessoas descontentes com a mostra nas redes sociais. Este é o tipo de evento que nos permite perguntar muitas coisas e, entre elas, me permiti refletir sobre o que considero mais importante em todo este imbróglio: a prática de fomento à  cultura que exercemos no Brasil; o uso da “criança a ser protegida” como dispositivo de controle nos discursos conservadores e, por último, o que a ética pode nos dizer sobre exigir o direito à ofensa e à censura em um debate público. De todos os lados, vejo como se estivéssemos tomados integralmente – na mente, no corpo e na alma, como diziam as freirinhas com quem trabalhei – pela tríade sagrada que não permite solução, tampouco a sua não-solução, tríade que chamarei aqui de O Pai, o Filho e o Espírito Santo.

O pai

Sempre me chamou a atenção ver em festivais e shows no Brasil, realizados com verba pública, uma quantidade imensa de propaganda de empresas privadas. Pode ser implicância minha, mas nunca consegui acostumar. Sempre pensei, tem alguma coisa mal explicada aí. Eu não sabia como funcionava a conexão público-privado em relação à cultura no país, até que tive a sorte de ver uma exposição da professora Valéria Pilão no ano passado sobre as políticas culturais no Brasil e os usos da Lei Rouanet – parte de sua tese em Ciências Sociais defendida no Programa de Pós-Graduação em Ciências Sociais da Universidade Estadual Paulista. Escutando sobre sua pesquisa, tive a cálida sensação de que aquelas grandes propagandas não incomodavam somente a mim. Afinal, por quê naturalizamos tão bem e tão rapidamente a presença do mercado no âmbito público? Ali, tudo fez muito sentido pra mim, ainda que o incômodo permanecesse, lendo sua tese posteriormente, posso afirmar que continuei me incomodando, porém, um incômodo um pouco mais informado, um incômodo um pouco melhor.

Resumindo muito modestamente aprendi que, além das empresas privadas conseguirem debitar um alto valor nos impostos ao “fomentar a cultura”, estas mesmas empresas podem, e abusam, do marketing nestes eventos. Ou seja, é como se elas conseguissem se beneficiar duas vezes em cima desta iniciativa, na forma de garantir descontos nos impostos – dinheiro público não arrecadado – e na forma de marketing, afinal, se o espaço para promover a marca de uma empresa sai gratuitamente, podemos dizer que é um negócio muito lucrativo.

Portanto, se a cultura agrega valor à cidade e ainda serve como valor agregado às empresas, dentro da expansão da mercantilização da cultura que tivemos nos últimos anos, cabe perguntar – pois, as empresas fomentadoras de cultura, aqui a Santander Cultural, se beneficiam com a lei Rouanet, afinal o “dinheiro é do Estado, porque representa um imposto, mas quem decide seu destino é o pagador desse imposto” – se essa polêmica trata-se de uma problemática pública ou privada?  Se ela for privada, o banco tem direito de impor censura? Se ela for pública, quem decide o rumo da exposição é o contribuinte ou o consumidor? E mais, qual deles? O conservador raivoso ou o indignado LGBT?

O filho

Quando esteve em voga a campanha pela aprovação do PLC 122, na marcha pra Jesus em Curitiba, estamparam um cartaz que me chamou muito a atenção. Ele dizia literalmente “O PLC 122 aprova a pedofilia”, o que não poderia ser mais falacioso, afinal, tratava-se de um projeto de lei para criminalizar a homofobia. Porém, no discurso religioso que visava combater as pautas LGBTs no momento – a criminalização da homofobia era uma delas – a associação da homossexualidade à pedofilia foi plenamente estratégica na arena política, estratégia tão antiga quanto a própria homofobia.

Este estreitamento da noção de homossexualidade / pedofilia não é por acaso, pois é na construção da criança a ser protegida, – lembremo-nos que esta infância que conhecemos é recente, particularmente começa a aparecer a partir do século XIX, no mesmo período em que nasce este personagem homossexual “anômalo” tal como conhecemos – é que se faz necessário, para a manutenção da heterossexualidade na sociedade, o perigo recorrente do aliciamento por um outro negativo, um desviante, um perigo, uma infecção, um sujeito homossexual. A criança, esta “criança a ser protegida” existe precisamente em defesa da sociedade cisheterossexual, usada como um espantalho protegendo a horta hétero, é ela que “deve ser protegida”, e é por isso que ao redor dela existe toda uma economia, também moral, que sustenta esse dispositivo. Ela fala mais da sociedade de controle – que os adultos inventaram, importante dizer – do que das crianças em si. Se você perceber, as crianças na verdade pouco opinam sobre suas constituições ou visões sobre o mundo infantil ou adulto. É o estado, dos adultos, legislando sobre elas que vai definir os limites, para o bem e para o mal, do mundo em sua volta e de toda sua potência ao começar a exercer suas conexões afetivamente.

Curiosa para saber quais eram as “imagens pedófilas” da mostra, fui atrás das ilustrações que circularam sobre a exposição e a única associada à pedofilia pelos acusadores é uma pintura, de autoria de Bia Leite, com duas crianças com mensagens sobrepostas dizendo “Criança viada travesti da lambada”, “Criança viada deusa das águas”. Onde está a pedofilia nisso? Na criança travesti? Ou na criança viada? Pois, sendo a maior parte dos críticos da mostra autodenominados cristãos, me contenho. Não os ofenderei, encerro aqui esta seção e não criticarei esta leitura sobre as imagens, afinal, se tem algo em que a igreja é especialista é, precisamente, em pedofilia.

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O Espírito Santo

O que mais me irrita nesta polêmica é que, invariavelmente, está a defesa da manutenção de um banco. De ambos os lados, os  soldados se prontificam a fazer uso do seu poder de consumidor, que lhe é de direito, para puxar mais a corda para o seu time. Basicamente, as batalhas hoje em dia têm sido essas, paupérrimas estratégias sobre como utilizar meu poder de consumidor contra ou a favor de uma causa. Será que hoje em dia conseguiríamos fazer política sem o mercado? Afinal, estamos sempre ligados à ele e suas instituições, seja para criticá-las ou para exaltá-las, ambas iniciativas são duas faces da mesma moeda, essa condição miserável de fazer política com e somente a partir do dinheiro.

Se uma instituição  ou marca possui uma postura que eu, como consumidora, apoio, então elogio, teço os mais lindos adjetivos – e, o mais vergonhoso, mil agradecimentos – em sua página e ainda chego a intimar grupos nas redes sociais para apoiar esta iniciativa. Efusivamente, e como se fosse a máxima ação direta, aplaudo a Valesca porque mudou a letra de “Beijinho no ombro” para “um tom feminista” – um tom que parece sinônimo de enfadonho hoje em dia – por não fomentar a competição entre mulheres, “sororidade” elas disseram, esta foi a palavra mágica e pimba! Se por um lado, essa “mudança” agradou uma parcela branca e feminista de consumidoras, com razoável poder aquisitivo, por outro, também agradou o setor de marketing de uma famosa empresa de shampoos, afinal, tratava-se de uma campanha de vendas assinada por Seda e Valesca, ou Seda ft. Valesca Popozuda – sim, o nome da marca vai primeiro.

Pois bem, se eu, como consumidora, quando algo me agrada, faço questão de me posicionar na internet, imagine quando tomada pelo espírito santo da fúria e do descontentamento. Estamos na era das batalhas dos consumidores? Se este for o cenário, os críticos da exposição estavam em seu direto. E mais, saíram da internet para demonstrar toda a sua revolta. Ainda que em sua plena ignorância e visível má fé, estavam exercendo seus “direitos de consumidores” contra o terrível e maligno “Satander” – ver imagem abaixo. É por isso que tenho uma dúvida particularmente incômoda, dentro de todos estes incômodos, é a defesa plena do direito do consumidor que vai pautar as nossas exigências éticas e políticas?

santander

Ainda que eu não considere o encerramento precoce da mostra um grande pecado, afinal, vindo de quem veio – trata-se de um banco que obteve lucro de 29,3% no segundo trimestre de 2017, somando R$ 2,335 bilhões, em relação ao mesmo trimestre em 2016-, podemos dizer, com muita generosidade, que sim, houve censura.

A censura venceu, “cristãos se sentiram ofendidos com a exposição”, e ela é uma arma utilizada pelos dois lados ao afirmarem que se sentiram ofendidos. Como se o se sentir ofendido fornecesse o direito automático à impor a censura. O problema de defender a censura como resposta – e é de fato a resposta mais fácil – àquilo que não nos agrada, é que os poderosos também se ofendem, e essa restrição, além de poder ser usada contra nós mesmos, empobrece a disputa. Quando censuro, em nada me obrigo a ter que ouvir outrem, de lidar com sua existência, de ter que argumentar melhor, problematizar melhor, convencer, agir, me organizar. É por isso que nos censuram. É duro, mas a censura é como o estado. Não soluciona, mas é a resposta mais prática para uma vida que não pretende se autogovernar. Auto gerir-se, gerir seus pensamentos, suas respostas, suas necessidades, suas dúvidas, medos, preocupações, seus descontentamentos e contradições. É por isso que votamos, é por isso que censuramos.

Não censurar não significa a paz mundial, mas a necessidade de brigar melhor. De se articular, de agir e reagir melhor. De pensar em táticas e estratégias específicas e efetivas. Treiná-las, exercê-las. Devemos tolerar tudo? Mas é claro que não. A não-censura não é levar agressão e não haver resposta, mas é um convite para enfrentamentos melhores. Considerando os resultados e experiências que tive com censuras públicas, minhas e alheias – que eu mesma promovi – acredito que precisamos de respostas melhores.

Como fazer política em um mundo de consumidores descontentes apaixonados pelo silenciar? No fim das contas, nesse balcão dos gritos, o cliente sempre tem razão, mas se há dois clientes diferentes, qual deles leva? Depende de quem pagar melhor. Na polêmica com o Satander – amei esta brincadeira – ganhou o conservadorismo ofendido. Sobretudo porque, ainda que o que esteja realmente em jogo seja a utilização de recursos públicos para fins privados – e especulativos -, a manutenção do pensamento heterossexual e a liberdade de expressão e da arte, tudo não passou de uma briga de compradores irritados com os produtos oferecidos. Uma guerra de fregueses na loja de departamentos onde a gritaria só começou porque alguém inventou de colocar a mão na cintura, bater o pezinho no chão irritantemente e gritar “Chama o gerente!”.